¡Tierra a la vista!

¡Tierra a la vista!

 

Parecía que el momento de levar anclas y zarpar del puerto de Ciudad del Cabo nunca llegaría.

Esta vez no dependía solo de mí y de mi bicicleta y ya hacía más de 3 meses desde que, supuestamente, íbamos a salir la próxima semana.

Me dio tiempo para volver a España y pasar dos meses con mi hermana y familia. Despedirme más de 8 veces de los amigos que me había hecho en Ciudad del Cabo y que semana tras semana me decían: ¿Pero sigues aquí?

A finales de junio Bill, el capitán y dueño del velero que había aceptado llevarme en su travesía por el Atlántico Sur, me llamó a Madrid (donde yo estaba acompañando a mi hermana), y me dijo que finalmente, sí o sí, saldríamos en 5 de julio.

El 3 de julio yo ya estaba de vuelta en Ciudad del Cabo y  preparado para la singladura, solo quedaban dos días para nuestra supuesta salida. Bill salió a tomarse unas copas esa noche y lo atacaron y le robaron todo lo que llevaba encima y además le dejaron 3 costillas rotas y una brecha en la cabeza.

Él se planteó  posponer el viaje pero al ver que no podía renovar su visado no le quedó otra que atiborrarse de analgésicos (de morfina) para llevar mejor el dolor y decidimos, aun así, levar el ancla, izar velas y poner rumbo al oeste. Por fin zarpábamos  hacia “Las Américas”.

Parecía un sueño, la imagen de Ciudad del Cabo desapareciendo, y apareciendo, detrás de las olas que a medida que nos alejábamos del puerto y de la costa, parecía que estábamos en una montaña rusa. Hasta ese mismísimo momento no me había dado cuenta de la empresa en la que me había embarcado…

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La primera ventana de buen tiempo la aprovechamos para salir. Aunque ni el viento ni las olas (de más de 6 metros) no nos eran favorables por lo menos nos daría tiempo a dejar atrás la siguiente gran borrasca procedente del Polo Sur.

Salimos mar adentro en busca de los afamados vientos alisios que esperábamos encontrar  a 300 millas, frente a las costas de Namibia, y que desde allí, supuestamente, nos empujarían en la dirección que queríamos: hacia el noroeste.

A diferencia de lo que ocurre en el verano austral, esta célebre corriente de aire llega a tocar el continente en la región del Cabo, pero en invierno, hay que salir a buscarla junto con el fuerte oleaje originario de la Antártida.

Sentado en la cubierta del barco viendo desaparecer ese continente que tanto amo y en el que tanto he vivido, África desaparecía de mi vista a la vez que echaba por la borda el desayuno y cena de la noche anterior.

Estaba en mi ánimo no tomar nada para evitar el mareo, pero a medida que pasaban las horas y aumentaban de tamaño las olas crecían las posibilidades de encontrarme mal las 5 semanas de travesía. Al final decidí ponerme un parchecito detrás de la oreja y todos mis males desaparecieron…

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Los primeros días me resultaron molestos. El fuerte oleaje y un fuerte viento racheado que no paraba de cambiar de dirección.

Con cada ola que nos embestía, y no fueron pocas, parecía que queríamos surfear en medio de la mar. Bill estaba preocupado al ver las crestas de las olas que rompían y dibujaban el horizonte azul de blanco…

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Hacíamos guardias de tres horas de vigilia. Por el día no se presentaban inconvenientes,  lo pasábamos leyendo, pensando u observando el horizonte pero por la noche se nos hacía más complicado ya que en las cinco semanas de travesía no pudimos dormir más de tres horas seguidas. Nos hablábamos solo durante el relevo, además de pasarnos el parte meteorológico y de las novedades habidas durante nuestro turno, del estado del viento, del tamaño de las olas y de lo bonito que estaba el cielo plagado de estrellas nos intercambiábamos algunas palabras de cortesía  y nos deseábamos felices sueños (el saliente) y buena guardia (el entrante). Así cada tres horas.

Esta monotonía solo se rompió una noche. En mitad de una tormenta Bill vino a  despertarme, llego corriendo a mi camarote para avisarme que se había roto el foque  y que lo llevábamos colgado por la aleta de estribor. Teníamos que sacarlo del agua lo más rápido posible.

Me puse el arnés y cuando estuve bien atado y bien sujeto al “guardamancebos” y al candelero empecé  a tirar de la vela que estaba empapada para subirla, mientras Bill con el timón dirigía la proa del barco hacía las olas.

No sé cómo ni de dónde saqué las fuerzas pero conseguí subir la vela a cubierta y pude volver a mi camarote para seguir con mis dulces sueños, que todavía me quedaba un poco hasta mi turno de guardia.

Y ponerse el arnés era tan importante como salvarse de morir ahogado, pues una vez en el agua es prácticamente imposible que te vuelvan a encontrar.

Cada noche, cuando disfrutábamos de un cielo despejado (fueron mayoría), pude observar como las estrellas se ponían por el este y por el oeste aparecían nuevas constelaciones, y días tras día veía hacerse la luna un poquito más grande, o más pequeña y a Venus que siempre nos daba las buenas noches…

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Las noches más oscuras al salir a cubierta no se veía absolutamente nada. Solo se escuchaban las olas y el barco abriéndose camino entre ellas y percibías por las cabezadas del barco lo grande que había sido la última ola y por algún que otro “pantocazo”.

A  medida que nos alejábamos de la corriente del Atlántico Sur  y nos adentrábamos  en aguas más templadas, en esas noches de oscuridad plena y en el que el color del mar es negro, dibujábamos a nuestro paso una estela con el plancton luminoso, que al igual que en una pista de tierra levantas polvo, aquí iluminábamos la mar.

Cada noche miraba el cielo y me sobrecogía su inmensidad; me dejaba sorprender  por los cientos de estrellas fugaces que veía en ese firmamento limpio que me dejaba anonadado, eran tantas como los peces voladores secos que me encontraba al amanecer sobre la cubierta…

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…y por el día, quitabamos las velas, enfrentábamos el barco hacia el viento para que no avanzara, y me sumergía en la inmensidad del océano, sabiendo que debajo de mi tenía por lo menos 6000 metros de profundidad. Me inquietaba pensar mientras miraba a las profundidades y solo se veía un azul cada vez más oscuro,  qué habría por allí abajo…

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Hicimos escala en la isla de Santa Elena, una pequeña isla en medio del Atlántico entre África y América del Sur, con poco más de dos mil habitantes, y uno de los lugares más aislados del planeta.

Perteneciente al imperio británico y hoy todavía colonia fue el lugar perfecto para exiliar a Napoleon trás perder la batalla de Waterloo, y fue allí, en medio del océano, donde murió.

La isla tiene indudablemente carácter británico y a veces daba la sensación de estar paseando por alguna remota aldea de Gran Bretaña.

De formación volcánica y abrupto paisaje la convierte en una autentica fortaleza natural, donde su único acceso es por la capital, Jamestown, de unos 700 habitantes…

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Me desesperó un poco la idea de estar “atrapado” en esa islita ya que había recibido la maravillosa noticia desde España que mi hermana había encontrado finalmente un donante compatible, y que en las próximas semanas le harían el trasplante.

A pesar de eso, y de encontrarme a varias semanas del aeropuerto más cercano, me dispuse a disfrutar ya que nunca se sabe si se volverá a algún sitio, y Santa Elena, debido a su situación geográfica, no es uno de esos países a los que se suele volver.

Pasé los días disfrutando de este pequeño trozo de tierra en mitad del océano, de unas increíbles y desérticas caminatas…

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.. y pude gozar del barco para mi solo en medio de un precioso mar  de aguas cálidas, cristalinas y plagadas de delfines…

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… mientras Bill pasaba los días en el único hostal de la isla a la espera de la llegada mensual del barco RMS St.Helena procedente de Ciudad del Cabo, el único medio de trasporte posible desde y hacia la isla, y coincidiendo en fin de semana el quería aprovechar para ver como era la noche isleña en el único pub del país.

Y a la vez que zarpábamos  y nos despedíamos de tierra firme con lluvia y mal tiempo, al mirar hacia atrás sobre el mar apareció un arco-iris…

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… y nos embarcamos en la segunda etapa de esta travesía por el Atlántico, empujados por los mismos vientos que quinientos años atrás llevaron a los navegantes europeos por las mismas rutas que seguíamos nosotros.

Avistar tierra después de cinco semanas desde que partimos de Sudáfrica fue mágico…

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… aunque las vistas que nos encontramos fueron bien distintas que las de hace cinco siglos.

En vez de selva y vegetación se presentaba ante nosotros una jungla de cemento y hormigón, que después de tantos días en el mar, me dió tanto miedo como respeto.

¿¿Y ahí tengo yo que montar en bici??,-uufffff….

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