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Category: India

Viajar como un paria en la India

Viajar como un paria en la India

Un 6 de diciembre entraba en la India desde Nepal. La primera impresión no fue muy fuerte ya que llevaba 2 meses en el subcontinente indio, y aunque Nepal sea un país mucho menos impactante que la India, había muchas similitudes entre ambos ellos que hicieron de mi entrada en la India algo placentero.
Llegaba con muchas ganas, no era la primera vez que lo visitaba sino la tercera, y las ocasiones anteriores las recordaba como experiencias inolvidables. Lo recordaba como un verdadero viaje, donde cada día era completamente diferente al anterior, como un lugar donde todo era posible y a lo largo del día te sucedían tantas cosas que te costaba recordar lo que era de ayer o era de hoy.
Me acordaba de grandes sensaciones con el olfato. Olor a masala, incienso y también el olor de las cloacas y las aguas residuales, todo ello impregnado con un índice  altísimo de  humedad ya que siempre lo había visitado en época del monzón.
Recordaba mucha vida en las calles. Cosas extraordinarias que con el paso del tiempo se convertían en algo cotidiano. Cosas que al principio me llamaban enormemente la atención con el paso del tiempo dejaban de hacerlo, pero que inconscientemente mi mente no dejaba de percibirlo.
El simple hecho de ver vacas por las calles en medio de un tráfico infernal con los vehículos intentando sortearlas utilizando  sus estridentes bocinas que parecían sacadas de atracciones de feria, no era menos peculiar el gesto con el que parecían responder moviendo la cabeza de un lado a otro para decir que sí.
Podría recordarlo incluso como si estuviese viéndolo en una película. Una película surrealista, pero a la vez parodia y con toques de humor. De cuentos de princesas, bailarinas o dioses con cabezas de elefante.
Los personajes que en ella aparecían eran pintorescos.
La música era una parte muy importante del guión al igual que los colores de los escenarios.
Lo recordaba como un país en el que viajar resulta muy fácil. El transporte público llegaba a cualquier lado desde cualquier lado y los precios eran muy baratos.
Había trenes a cualquier destino, y en casi todos los lugares de interés turístico había alojamiento barato y decente donde era muy fácil conocer a otros viajeros y si querías podías aislarte y vivir en una burbuja ajeno a la realidad.
Desde luego, sabía que la percepción que iba a tener de la India al recorrerla en bicicleta iba a ser muy distinta, pero los recuerdos que estaban ahí y muy vivos; tan solo tenia ganas de volver a entrar en la India para volver a sentirme zarandeado por ese vértigo que  producen esas sensaciones que solo te puede ofrecer este país, del que se dice que todo es posible.
El primer cambio que noté al cruzar desde Nepal fue encontrarme de nuevo con la miseria extrema de la India. En medio de un pequeño pueblo nada mas cruzar la frontera estaba rodeado de niños sucios y descalzos pidiéndome dinero, algo que hasta entonces no me había ocurrido desde que comencé este viaje.
Al recorrer la calle principal del pueblo en busca de un cajero donde hacerme con unas rupias antes de emprender mi camino hacia el Sikkim, tuve que sortear una infinidad de rickshaws, camiones Tata o peatones que surgían de cualquier lado.
Olía a fritanga de los puestos de samosas, a incienso de los pequeños templos en los que adoran a sus cientos de mieles de dioses, a humo de camiones, a cigarros biri, a aguas residuales estancadas en cualquier rincón del pueblo, a masala, y en esa época del año cuando justo había terminado el monzón, una leve brisa del norte traía un aire fresco de entre las plantaciones de arroz.
Estaba en el estado de Bengala occidental.
Ahora mi medio de transporte no era ni el tren ni el autobús, sino una simple bicicleta, el medio de transporte de los parias de la India, el de las castas más bajas.
La India, un país donde por cultura no se tiene nada de inquietudes ya que en esta vida en la que nos hemos reencarnado hemos nacido para hacer lo que ya estaba escrito, salirse de las normas que la religión y sociedad han dictaminado es algo inimaginable, era algo que hacia muy difícil a sus gentes entender que yo haya abandonado mi vida de bienestar para viajar sin rumbo en un simple bicicleta, y no en moto u otro transporte de gente con dinero.
Si viajaba en bicicleta era porque no tenia dinero para hacerlo en otro medio de transporte, y si viajaba solo era porque mi familia y amigos me habían abandonado, rechazado y castigado con la condena más aborrecible que es la soledad, por algo que yo había hecho. Para ellos el estar solo  no es una elección propia.
Yo no llevaba collares ni anillos de oro para diferenciarme de las castas mas bajas, y muchas veces sentí la hostilidad por ser considerado de casta baja.
En un país superpoblado era casi imposible disponer de un espacio donde  no fuera observado por decenas de curiosos donde la pregunta estrella que se repetía, día tras día, era cuanto valía mi bicicleta, el por qué viajaba solo, por qué no tenía amigos, y por qué no viajaba en moto. Ninguna de mis respuestas fue satisfactoria.
Tuve la suerte de adentrarme en los estados del nordeste de la india, los estados tribales, donde otras religiones habían borrado muchos de los prejuicios de una sociedad extremadamente cerrada y conservadora como es la India.
Misioneros cristianos llegaron al estado de Megalaya, al otro lado del río Bramaputra, a principios del siglo pasado para evangelizar a sus poblaciones indígenas. Trajeron sus cosas buenas  y sus cosas malas.
Los rasgos de la gente eran diferentes. Sus orígenes provienen de pueblos del Tíbet, que tras cruzar la cordillera del Himalaya y descender por el río Bramaputra se asentaron en las colinas de Garo y Kasi. Sus rasgos eran mongoles  y su cultura y costumbres cambiaban las escenas del día a día.
Me sentía invitado y respetado, y ahí tuve la suerte de conocer al Padre Marzo, un misionero salesiano navarro que lleva más de 60 años en la India y que me acogió en su misión durante bastantes días, donde me mostró los problemas que azotan la zona, y gracias a él pude hacer un interesante reportaje sobre unas minas de carbón y las consecuencias de vivir en una tierra rica en recursos, pero llena de pobreza e injusticias.
Al salir del estado de Megalaya, adentrándome en el estado de Tripura, de nuevo hinduista, volví a encontrarme con el problema de las castas. Al estar mi cara cubierto de polvo negro de los camiones que llevaban el carbón parecía un vagabundo, y un policía vino corriendo hacia mí con caña de bambú en mano con intención de azotarme, pero tuve la suerte de que se diera cuenta que era un extranjero y por ello  solo me llevé una leve reprimenda .
En la India me he encontrado con la gente mas antipática del continente, parece que les cuesta sonreír y ser amables.
Al contrario que mis primeros viajes a la India en los que me trasladé en transporte público de aldea en aldea, de hostal en hostal y viviendo en una burbuja; está vez me sumergí en las capas más profundas de su sociedad, aquellas a las que un turista normal suele ser ajeno.
La oportunidad que me brinda acabar en una pequeña aldea en medio de Bihar o de Uttar Pradesh  donde no hay ni autobuses ni trenes que los conecte con ese mundo emergente de las ciudades de la India, con sus estrellas de cricquet y películas de bollywood, me encontré con gente mas humana.
Allí donde había un poco más de riqueza, y a la vez desigualdad, es donde las castas se manifiestan y están más presentes.
El paria que labra la tierra, y el gordo con anillos de oro que apoyado en su moto bajo la sombra de un árbol me llama con un tono de desprecio para que me acerque.
Tiene los dedos llenos de anillos de oro, una tripa que no le permite verse los pies y una arrogancia que no le deja ver mas allá de su nariz.
No me pregunta ni como me llamo, ni de donde vengo. Me pregunta cuanto vale mi bicicleta y si estoy haciendo unas fotos, qué cuánto vale mi cámara.
El paria me trata mucho mejor que el arrogante de casta alta y aunque ninguno de los dos suele ser muy hospitalario, ya que el viajero errante solo transmite interrogantes e inseguridad, me ofrece un trato mucho más cordial.
Aunque haya sido mucho más duro viajar en bicicleta que en transporte público, este medio de transporte me ha dado la oportunidad de adentrarme en una sociedad tan cerrada que normalmente solo te permite alcanzar a ver sus capas mas superficiales, pero aun así todavía me quedan muchas más capas por conocer.
Adentrarse en ella ha traído decepciones, pero conocimiento de lo que el ser humano es capaz de hacer y aprender lo estúpido que es el ser humano.
Viajar en la India es como viajar en el tiempo. Gran parte de su población vive anclada en el pasado.
La diferencia entre un estado a otro es abismal, al igual que de las ciudades a las zonas rurales.
Pero seguramente lo que peor impresión y mal sabor de boca me ha dejado de la India es la manera de conducir de la gente.
Dicen que la manera de conducir refleja la forma de ser de las personas.
En la India, la manera de conducir es agresiva y sin ningún tipo de consideración por el resto de personas.
Desgraciadamente, esa manera de conducir refleja muy bien la manera de tratarse entre unos y otros, muchas veces, sin ningún tipo de respeto y consideracion.

Aun asi no me voy con un mal sabor de boca de la India, ya que este país me ha dado la oportunidad una vez más de viajar al pasado, con su vibrante historia,  y un desconcertante futuro.

La historia de esta civilizacion milenaria, la unica civilización antigua que sigue viva hoy en día, esta impregnada de cosas que a lo largo de siglos ha ido aceptando pero siempre manteniendo sus costumbres.

El amor de la la India por preservar la historia y resquicios del pasado no solo se plasma en como ha conservardo las cosas mas vanales de una de sus últimas épocas como colonia del imperio  británico.

Y me quedo también con la gente que me he encontrado por el camino y ha hecho que confíe un poco mas es este país y en su futuro. Es la gente que se ha volcado conmigo y me ha ayudado en todo lo que han podido, y aunque sea un pequeño porcentaje, en cantidad no han sido pocos.

Estas líneas las escribo desde Pakistán, donde el trato de la gente es justo lo contrario. Adoran a los viajeros ya que el islam se extendió gracias a ellos, y no hay día en que no me sienta bienvenido  e invitado en este maravilloso país con su increíble hospitalidad.

Lo siento, pero no he podido evitar la comparación.

Galería de fotos segunda parte de la India.

Dejando atrás el Himalaya

Dejando atrás el Himalaya

Y aquí se acaba una de las etapas más bonitas del viaje.

En Ladakh nos hemos encontrado con esos aires limpios y puros que tanto se echan de menos en el resto de la India.

Espacios abiertos donde fácilmente puedes montar tu hotel de 1000 estrellas…

…y no dormir tan solo en uno de 5 estrellas…

… ríos con agua cristalina donde lavarse y cielos estrellados para pasar horas observándolos…

Gente increiblemente amable, y una religion antigua y fascinante como el budismo…

Para abandonar Ladakh todavia quedaba recorrer la carretera hasta Srinagar, la capital de Cachemira, una de las zonas más militarizadas del mundo en disputa entre dos potencias nucleares, la India y el Pakistán,  y gracias a ello hemos tragado polvo y humo como campeones con  los incesantes pasos de  convois militares, pero una vez más, el ejército Indio nos ha vuelto a sorprender con su hospitalidad.

A medida que avanzamos hacia el oeste el paisaje iba cambiando muy lentamente, a la velocidad que te permite observar yendo en bicicleta, con un muy fuerte viento en contra que nos ha acompañado todos los días.

Con cada puerto superado de las tierras áridas y desérticas de Ladakh…

…se covertían en algo más verde…

…un cambio fácil de apreciar con el paso de los días.

Cruzábamos pueblos medievales, donde el tiempo parece haberse detenido hace siglos…

…con muestras de su identidad moldeadas por su religión, el budismo…

Cuanto mas al oeste y alejándonos del altiplano, no solo cambiaba el paisaje, también su religión. El islam se abre paso y los rasgos de la gente dejaban de ser rasgos mongoles. Las migraciones del oeste, de oriente medio, trajeron nuevos pueblos y con ello, su cultura y religión…

Nos cruzamos con el pueblo balti, musulmanes de la rama chiita, mucho mas moderada que el islam suní, que llego a esta zona aislada del Himalaya por estudiantes del islam provenientes de la antigua Persia, hoy en día Irán.

Su enorme hospitalidad  nos ha cautivado.

Rápidamente a la misma velocidad que el verde aparecia cubriendo las montañas se nos aparecía gente con rasgos muy poco típicos de las montañas  y que habitaban cabañas improvisadas de plástico…

Eras gitanos de la provincia de Jammu que vienen a trabajar como pastores en los verdes prados que se abren justo en las puertas de Cachemira, tan solo los meses menos fríos del año…

Y casi sin darnos cuenta, después de  superar el último puerto, el paso de Zogila…

…el paisaje cambió drasticamente y vivimos uno de los cambios geográficos mas grandes del mundo.

A un lado todavía en la meseta tibetana la tierra solo da hierba,al otro, el paisaje es alpino y todo vuelve a estar lleno de vida…

Hace mas humedad y al bajar por fin después de 2 meses siempre a mas de 3000 metros de altura los pulmones se nos llenaban de oxigeno y las pedaladas eran mucho mas fáciles. Tanto que los últimos 60 kilómetros para llegar a Srinagar, con un fuerte viento en contra, nuestra velocidad era de 30km/hora.

Y ahora nos despedimos del Himalaya hasta dentro de unas semanas, cuando lo volvamos a cruzar de sur a norte pero esta vez en Pakistán.

Salvados por el ejército

Salvados por el ejército

Para ir desde el lago Pangong al valle del Nubra teníamos dos opciones, la primera y más segura era deshacer el puerto de Chang La (no muy apetecible, la verdad), y aunque fueran más kilómetros era la única opción fiable, y según habíamos escuchado la única posible. La segunda opción  era seguir un camino/carretera de uso militar, solo transitable en invierno, cuando las aguas heladas del río Shyok se pueden cruzar.

Ahora, en época de deshielo, los ríos bajan con caudales enormes; sus cuencas  se abastecen del agua de los glaciares del Himalaya y alcanzan su máximo nivel. Su color ahora no es cristalino, sino de un oscuro marrón grisáceo por todo lo que arrastran en su camino.

Nos habían avisado que era imposible llegar al valle Nubra, pero aun así, y desconfiando completamente de lo que una persona local te pueda aconsejar, decidimos seguir el río Shyok y esperar a que estuvieran equivocados… como casi siempre lo suelen estar.

Aunque no pudiéramos pasar, el paisaje que nos regalaba el camino que corría en paralelo a un arroyo de montaña y a los pies de un estrecho desfiladero era merecedor del sufrimiento que tuvimos que pasar con las grandes pendientes para evitar las zonas intransitables y flanqueadas por grandes acantilados …

…..y nos encontramos con paisajes tan agrestes como impresionantes…

No vimos un solo vehículo durante la primera jornada.

El segundo día la carretera continuaba igual de desierta y seguimos sin ver una sola persona. El paisaje se volvió aun más inhóspito y nos daba la sensación de encontrarnos en la luna. Rocas enormes salpicaban el horizonte bajo imponentes cimas sin un solo rastro de vida. No había nada de vegetación a la vista a pesar que el río bajaba cargado de agua. Desapareció el asfalto y continuamos por caminos de piedras…

. … cargándose los músculos de los brazos y espalda, intentando mantener el equilibrio cuando las ruedas acababan entre pedrusco y pedrusco.

No nos quedaba nada de comida y el agua potable se nos estaba acabando. El agua color marrón grisáceo del río no era muy apetecible ni parecía saludable, pero en el peor de los casos era la que nos iba a tocar beber.

Un trecho más adelante no fuimos capaces de distinguir por donde seguía el camino. Perdimos su rastro justo donde debía cruzar el río.

Desde esta orilla no eramos capaces de ver si el camino seguía o simplemente había sido devorado por el agua.

Sin pensármelo me fui hacía el río con la intención de cruzarlo empujando la bicicleta.

– “Creo que deberíamos probar ante sin las bicicletas”, dice Quico, que se ofrece a pasar primero para ver si por lo menos hacemos pie en la parte más profunda.

¡Gracias Quico!, porque sino mi bici hubiera bajado haciendo rafting hasta el Pakistán. El agua bajaba con fuerza y el ruido era ensordecedor.

Quico, se adentró en el río para pasar a la otra orilla, y cuando me doy cuenta el agua ya le cubría por encima de la cintura y el agua bajaba con tanta fuerza que casi se lo llevó. Consiguió cruzar, pero el camino volvía a desaparecer bajo el enorme torrente de agua que lo volvía a cruzar, así que tocaba cruzarlo  de nuevo. Esta vez lo hizo nadando.

Desde nuestra orilla y de bastante lejos, Natalia y yo tan solo veíamos a Quico nadando de un lado a otro. Solo le falta ponerse a correr para hacer triatlon, pensábamos Natalia y yo.

Salió del agua y se puso a andar. Le vimos desaparecer un buen rato tras una pared de rocas y nos hizo pensar que estaba buscando alguna manera para cruzar el río con las bicicletas. Había que intentarlo como fuera, porque no teníamos comida y el pueblo mas cercano  lo habíamos dejado atrás hace dos días.

Muy a lo lejos escuchamos un motor, aunque no tardó en desaparecer ese ruido que parecía  ser un espejismo.

Volvimos a ver  a Quico intentando volver nadando por la parte más remansada  del río hacia nuestra orilla y al rato mientras se peleaba con la corriente, vimos una excavadora amarilla a lo lejos cruzando por la parte en el que el camino supuestamente se escondía bajo el agua…

Quico finalmente cruzó encima de la escavadora con aires de victoria  y agitando los brazos como señal de felicidad.

Natalia y yo no nos podíamos creer lo que estábamos viendo. Ver aparecer una excavadora en medio del Himalaya, después de dos días sin ver a nadie y acercarse hacia nosotros en nuestra ayuda, era como ver en medio del desierto del Sahara un chiringuito de playa donde sirven cerveza fría.

Era una escavadora del ejército y en ella un militar. ¡El ejército indio era nuestra salvación!

Bajó el material que llevaba sobre la pala para que pudiéramos subir nuestras bicicletas…

… y así dejarnos sanos y salvos en la otra orilla del furioso río, no sin antes recibir un fuerte abrazo de agradecimiento.

Quico quiso darle una propina, pero el militar la rechazó.

– Trabajamos para nuestra nación. Dijo feliz y orgulloso este militar nativo de Kerala.

Y así pudimos continuar por ese camino que no salía  ni en los mapas más detallados…

Más duro es el camino, más dulce su destino

Más duro es el camino, más dulce su destino

Comparado con el día anterior,  la jornada hasta el lago Pangong tenía pinta de ser un camino de rosas…

El esfuerzo sufrido pasó factura y Kiko estuvo vomitando todo el día, además de tener los tres las piernas agarrotadas y el culo resentido.

Y una vez más llegamos a nuestro destino, el lago Pangong, después de anochecer.

Montamos la tienda y durante la noche el fuerte y frío viento no dejó de azotarla, pero al levantarnos pudimos disfrutar de las increíbles vistas y nos vimos recompensados por el sobrehumano esfuerzo de los últimos días. ¡Sí que mereció la pena!

¡¡Y todavía queda bajar!!

¡¡Y todavía queda bajar!!

Sabíamos que los días que teníamos por delante iban a ser muy duros. Estos días atrás se unió Natalia, que recién llegada de Madrid, en sus primeros días del largo viaje que nos queda para llegar juntos a Europa, se iba a encontrar con 2 de los 3 puertos más altos del mundo. A la dificultad de llevar una bicicleta cargada con alforjas y grandes pendientes en los monstruosos puertos, había que sumar la falta de oxigeno que hay a estas alturas, aunque nunca le ha faltado ni fuerza física ni mental.

Fue en el segundo día que nos encontramos en nuestro camino hacia el lago Pangong con el impresionante puerto de Chang La, de 5340 metros de altura -el tercer puerto más alto del mundo- y posiblemente uno de los puertos más duros por las condiciones de su terreno pedregoso y sus grandes  pendientes…

Pero no sabíamos que la realidad superaría la imaginación.

33 Km de subida, desde los 3800m hasta los 5300m, primero nublado, luego con lluvia, y cuando las fuerzas fallaban por la falta de oxigeno y con el estomago vacío y un largo y duro día de esfuerzo pedaleando y empujando la bicicleta, a tan solo unos kilómetros de la cima y haciéndose casi de noche, una nube entró por el valle que nos trajo primero primero una densa niebla  y luego una fuerte ventisca…

El transportín de Natalia se soltó y era imposible arreglarlo en esas condiciones, pero un ángel de la guarda acudió en nuestra ayuda y en ese preciso instante bajo la ventisca vimos las luces de un coche. Dos amables indios, no se pensaron en ofrecernos su ayuda y montar la bicicleta de Natalia en el jeep y llevarla hasta la cima, que tristemente estaba a poco más de un kilómetro.

Kiko y yo seguimos por el camino de piedras, con los pies empapados y helados al tener que cruzar ríos con agua del deshielo. La fuerte ventisca nos azotaba un lado de la cara, pero sacábamos fuerzas allí donde no las había.Kiko, empujando delante de mí, estaba cubierto de nieve….

Finalmente, tras empujar las bicicletas un largo rato bajo la incesante nieve y casi atrapados por la oscuridad de la noche, vimos el paso de Chang La. Estábamos muertos de frío, y Natalia en el jeep sufría síntomas del mal de altura.

Calados hasta los huesos y con el frío dentro nuestros cuerpos, buscamos un lugar donde ponernos ropa seca y abrigarnos al máximo ya que todavía quedaba bajar el puerto.Ya era completamente de noche.

Nos indican una caseta, y un hombre al entrar en ella nos dice:

-”No os preocupéis, estáis a salvo. Somos el ejército indio”

Tuve la suerte de que mi bicicleta tuviera luces y bajar el puerto de noche no fuera un ‘’gran problema ‘’para mi.

Kiko no tenía la misma suerte que yo, pero el jeep en el que iba Natalia nos acompañaría en el descenso y le alumbraría desde atrás. Para yo evitar ser cegado por la luz del coche, bajé lo más rápido posible para que no fuera más que mi luz la que me alumbrara el camino.

Tardamos poco con la ropa seca. El camino era un río lleno de piedras, en el que alguna vez teníamos que cruzarlo y el agua nos cubría hasta las rodillas. El viento, el frío, los pies mojados,  el camino lleno de piedras, y la visibilidad era los pocos metros a los que alcanzaba mi luz, hicieron los 29 kilómetros de bajada interminables. Una vez más, un poco antes antes de terminar la bajada del puerto, me había vuelto a quedar sin frenos.

Aunque lo peor fue acostarse después de un día tan duro con el estomago vacío.

Con la miseria a cuestas de un sitio a otro

Con la miseria a cuestas de un sitio a otro

India, la quinta  potencia económica mundial, potencia nuclear y donde viven algunas de las personas mas ricas del mundo, nos deja escenas que cuesta creer y por las que comprobamos que la mayoría de su población vive bajo el umbral de la pobreza.

Yo reconocería a la India como la primera potencia mundial de la desigualdad.

No hay día ni tramo de mi camino que no me encuentre con esta increíble desigualdad que sufren sus ciudadanos. No tengo que buscar ni mirar muy lejos, está a la orden del día.

Durante los últimos días cruzando el Himalaya, a lo largo de una de las carreteras más altas del mundo la que me llevó de Manali a Leh, me encontré  a miles de personas trabajando en las condiciones más extremas imaginables, son de los estados más pobres de la India que vienen a trabajar durante los meses menos fríos del año.

Repararan y limpian la carretera de nieve e hielo y siendo la India una potencia nuclear y tecnológica, no se usa maquinaria alguna.Todo se hace a mano…

Rabi, es de un pequeño pueblo cerca de Rachi,la capital del estado de Jharkhand, el estado más pobre de la India y vino para ganar 7000 rupias al mes (poco más de 100 euros)…

Hace ya más de tres meses  que pasé por el estado de Jharkhand, un estado ajeno al crecimiento económico que vive la India, sin clase media emergente, y sin las comodidades que ofrece la globalización…

Jharkhand se separó del estado de Bihar en el año 2000.

La desigualdad entre ricos y pobres no ha hecho mas que crecer, y gracias a ello se han producido y se siguen produciendo levantamientos armados contra el gobierno central, incapaz de distribuir la riqueza y hacer llegar a la mayoría de su población los derechos mas básicos.

Durante mis días pedaleando por Jharkhand, la policía me invitaba a dormir en sus cuarteles, un lugar seguro contra los grupos  naxalitas que actúan en la región, que a través de secuestros y extorsión intentan reivindicar los derechos mas básicos…

La mayoría de los peones en la carretera de Manali a Leh vienen de esa pobre región de Jharkhand, que con tan solo sus manos construyen una de las obras mas difíciles del mundo…

Gracias a hablar unas pocas palabras en su idioma local me gané la simpatía de muchos de ellos…

…y uno de ellos, dos días mas tarde de conocerle,  volvió a verme pasar con la bicicleta mientras picaba piedras en otro lugar y grito mi nombre…

Cuando pase por Jharkhand,en los meses previos al monzón me encontré con un lugar seco, árido y extremadamente caluroso, donde la temperatura durante el día no bajaba de los 40 grados…

Hoy, estos pobres inmigrantes trabajan en la construcción y mantenimiento de esta carretera estratégica, de uso militar,  en la que en esta época del año cientos de 4×4 con turistas indios de una clase media emergente, mayoritariamente de las grandes ciudades, viajan hacia Leh a pasar sus vacaciones, pero a miles de kilómetros de aquí, en Jharkhand, sus familias viven casi sin recursos…

…y ahora ellos trabajan en las condiciones más miserables por el bien de su nación…

Manali-Leh. Vuelta al altiplano

Manali-Leh. Vuelta al altiplano

Finalmente junto a Kiko, otro español viajando en bici por la India y que gracias a tener que ir a comprar unas nuevas zapatas para los frenos, tuve la suerte de conocer y de seguir el camino juntos.

¿Preparados para ver increíbles paisajes, sufrir el mal de altura, pasar frío y disfrutar de la naturaleza en su estado más puro?

Bienvenidos a Ladakh, el paraíso en la India…

El camino empieza por valles todavía verdes…

…aunque es poco lo que tarda en cambiar. Casi a la misma velocidad con la que se sube un puerto con una bici que pesa 70Kg…

… el primero de los grandes puertos, rozando casi los 5000 metros…

Cada vez que pasábamos un puerto el clima se volvía más seco y el paisaje mas desértico…

…nunca dejando de estar sorprendidos por la diversidad de los paisajes, en los que cada curva, cada valle, parecían querer transportarnos a lugares que podrían estar en cualquier otro rincón del mundo…

A la hora de acampar buscábamos un lugar protegido del viento y desde donde poder ver las estrellas…

…durante las noches a bajo cero, pero eran esas noches en las que se podía contemplar tan gran espectáculo que merecía la pena pasar frío. Las estrellas eran tan brillantes que el cielo, sin luna, parecía iluminar levemente la noche…

…y era una estrella, la polar, que cada noche nos recordaba hacia donde nos dirigíamos…

A medida que cruzamos el Himalaya estábamos mas cerca del altiplano, trayéndome dulces recuerdos de mis días en el Tíbet. El mal de altura pasaba factura no solo por la fatiga. Un fuerte dolor de cabeza me acompañó los primeros días, y a veces a media noche me despertaba sin respiración. Era parte de la aventura y esa sensación hacia que sintiera más todavía el lugar donde me encontraba, aunque el viento que azotaba mi tienda cada noche también me lo recordaba.

Sin darnos cuenta ya estábamos en el altiplano. En la vida del altiplano, en la vida de los nómadas…

Los yaks volvían a formar parte del paisaje. Eran parte de un escenario del que al haber llegado con nuestro propio esfuerzo y sufrimiento nos hacía disfrutar del momento todavia más, y esta vez tenía a alguien con quien compartirlo.

Tierra árida que los elementos han convertido en un lugar hostil para las personas, a la que la gente del altiplano se ha adaptado a esta dura y difícil vida…

Son gente fuerte y hospitalaria, acostumbrada a la vida del viajero, pues no hay mas viajero que ellos mismos, desplazándose de un lado a otro buscando tierras donde puedan pastar sus animales…

…unos con más suerte que otros…

Los atardeceres eran eternos, poniéndose el sol lentamente tras las montañas, que con las sombras de las nubes casi rozando el suelo, los rayos de sol se colaban entre ellas iluminando el paisaje de manera surrealista…

Fueron siete dias que se me han hecho demasiado cortos, pero ahora en Leh toca recuperarse y seguir recorriendo el increible Himalaya…

Tagangla,5340metros.India dice ser el segundo puerto mas alto del mundo, aunque en el tibet estuve en uno 40 metros mas alto…

Cuando el camino lleva a Varanasi

Cuando el camino lleva a Varanasi

Tardé relativamente poco en llegar a Varanasi desde Calcuta. Fueron siete días para recorrer algo más de 700 Km, dejando la costa y adentrándome poco a poco en el interior, en el estado de Jharkhand, donde durante el día la temperatura sobrepasaba los 40ºC  y el viento seco me dejaba la piel como la de un touareg…

Los campos verdes del estado del estado de Bengala occidental desaparecen, y con ello la riqueza de la tierra, que se refleja en la pobreza de sus habitantes, en una de las zonas más pobres de la India…

…y la mirada de las personas reflejaba una vida muy dura en el presente…

…y en el pasado…

Me levantaba antes del alba y a las once tenía que parar cuatro horas para que pasara el calor extremo y siempre buscando el cobijo de una sombra,  pero no era yo el único que las buscaba …

El paisaje se volvía cada vez más árido…

…las noches más calurosas,  y yo tan solo pensaba en llegar al Himalaya. Bebía al día casi veinte litros de agua cálida con sabor a tierra que cogía de los pozos.  Necesitaba descansar y Varanasi no me pillaba muy lejos.

A mitad de camino entre Calcuta y el cominezo del Himalaya, se encuentra Varanasi, a orillas del río sagrado: el  Ganjes, que viendo las áridas tierras  que atraviesa en los meses fuera del monzón y que se convierten en tierras fértiles,  se puede llegar a entender porque es sagrado.

Entrar en Varansi fue una locura y al llegar a la ciudad antigua me habían golpeado cinco veces, una de ellas con caída al suelo  y yo me llevé a un peatón por delante,  todo sin la más mínima importancia.

Sabía que estaba en Varanasi porque mirase a donde mirase había siempre alguna vaca.

Estacionadas…

…pastando…

…paseando…

…o simplemente sin enterarse de nada…

Aunque sabía que no era una ciudad propicia para descansar y recuperarse,  logré disfrutar de esta ciudad  y de la vida que transcurre a orillas del rio y por sus estrechas  callejuelas  que a veces se asemejan a la medina de alguna ciudad árabe…

Calles llenas de vida, por donde grupos de hombres cargan  con muertos en su camino hacia los crematorios, para arrojar después sus cenizas al Ganjes y terminar el ciclo de las reencarnaciones para llegar al nirvana, aunque el precio que hay que pagar lo limita a las personas mas ricas, aquellas de las castas mas altas.