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Author: Javier Bicicleting

¡Pon un poco de Uruguay en tu vida!

¡Pon un poco de Uruguay en tu vida!

En mi búsqueda desesperada del invierno me dirigía hacia Brasil para entrar desde allí  en Uruguay. No sé si iba a su encuentro o simplemente estaba escapando de algo. Recorrí la provincia de Misiones sin tomarme un día de descanso y en menos de una semana estaba de vuelta en Brasil. Seguía con mi ritmo intentando encontrarme conmigo mismo, quería sentirme pleno y feliz para poder volver a gozar del viaje, las sensaciones que en ese momento seguía sin encontrar.

Estaba ya en Argentina, compartía lengua materna con la gente que conocía, el clima era perfecto, ni frío ni calor, la gente cálida, amable y hospitalaria, y después de los últimos días de lluvia volvió a salir el sol.

Pero yo no buscaba lo fácil, al contrario, lo fácil me aburría. Veía ya la Patagonia y la cordillera de los Andes sobre el mapa y me impacientaba por llegar a ella.

Después de tantos años de viaje y de tantas aventuras, y desventuras, a veces lo extraordinario pasa desapercibido por ordinario y necesitas más para que algo consiga llamar tu atención.

Esas prisas e impaciencia me cegaban y no me dejaban disfrutar de todo lo que me rodeaba.

Entonces me di cuenta que en el cuadro de la bicicleta apareció, de nuevo, una fisura que yo di por solucionada cuando al salir del Congo pude soldarla en una mina de cobre en el norte de Zambia, pero ahora la fisura resurgía y se agrandaba por momentos y me pareció que no tendría solución.

Una vez más me acompañó la suerte  y me di cuenta  muy cerca de una taller metalúrgico especializado en soldaduras; ¿Su nombre?, “El suizo“, con ese nombre uno se queda tranquilo y me animó a entrar.

Walter, el dueño del taller se ofreció a solucionar los problemas de mi bicicleta y en menos de una hora yo estaba de nuevo dando pedaladas.

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Crucé de nuevo a Brasil por el pueblo de Porto Xavier a orillas del río Uruguay.

Me encontré con el otoño…

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…y con gente tan amable e increíblemente hospitalaria como la recordaba. Llevaba fuera de Brasil menos de un mes y ese tiempo me había ayudado, más todavía,a apreciar la calidez de los brasileños.

El domingo de Pascua me levanté y  me encontré con unos dulces típicos de la Semana Santa…

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…que pienso me los habrían dejado los dueños del terreno en el que yo había plantado la tienda la noche anterior…

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Parecía que todo se estaba alineando para darme ese empujoncito que tanto necesitaba.

Y así fue.

Llegó Uruguay.

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No sé qué pasó al cruzar esa frontera, pero mi ritmo cambió.

Desde hacía mucho tiempo que tenía ganas de conocer ese país, para ser más exactos desde Calcuta, en la India, cuando se cruzó en mi vida Naty, una uruguaya que se convirtió en compañera de viaje y vida durante más de dos años…

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y tuvimos una historia de amor digna de película, y  a día de hoy, después de todo lo que hemos vivido juntos sigue siendo una de las personas más importantes en mi vida…

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Naty me había hablado tanto de su país que era capaz de imaginarme los sitios con solo sus descripciones. Gracias a ella supe lo que era el mate, el dulce de leche, el Cabo Polonio, los alfajores y lo buena que era la gente en su “paisito“.

Empecé a hacer menos kilómetros y volví a sentirme pleno como siempre. A penas llevaba recorridos 40 Km. cuando un coche me adelantó y se paró unos metros más adelante, sus ocupantes bajaron las ventanillas y me  preguntaron si necesitaba algo…

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Eran Lu y Andrés, ella presentadora del noticiario del canal regional, y me hicieron una pequeña entrevista que me puso una alfombra roja a lo largo y ancho del país.

Cuando llegué a mi primera ciudad, Melo, era domingo y mediodía, y disfruté con el olor a carne asada que me encontraba en cada esquina. Sabía de lo importante que son  los asados para los uruguayos. Y fue así, con un asado, como me recibieron el día que conocí a la familia de Naty en nuestro paso por España. Vi la dedicación y pasión que ponían en cada trozo de carne.

Bajé el ritmo y de nuevo dejé de tener un destino. Simplemente avanzaba sin tener prisa en llegar a ningún sitio.

Me adapté al ritmo uruguayo.

El clima era perfecto. Por primera vez en mucho tiempo pedaleaba con una chaqueta, y al final del día no acababa empapado en sudor.

Así, atravesando el país por las zonas más rurales, compartía caminos con caballos y jinetes…

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…me trataban como parte de la familia en las estancias en las que paraba…

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…que no lo notaba solo en las sobremesas, sino en las despedidas…

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…y nunca mejor dicho, me sentía como en casa…

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Me dirigía hacia el Océano Atlántico y tuve la suerte de coincidir con un temporal con un fuerte viento que soplaba en mi espalda…

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…y así, viento en popa a toda vela, llegué de nuevo al Océano Atlántico. No podía pedirle más la vida ya que en Uruguay si algo podía salir bien, salía mejor.

Intenté ir por la playa pero tuve que darme la vuelta llevándome uno de los sustos más grandes del viaje al encontrarme con arenas movedizas. Al principio parecía arena sólida y dura, por donde pude rodar sin mucha complicación, pero sin darme cuenta la bicicleta con peso empezó a hundirse y me costó mis gritos y mis esfuerzos primero sacar los pies, luego las alforjas, y finalmente la bicicleta. Nunca en mi vida había visto algo parecido y a día de hoy sigo todo el sin entender que es lo que pasó..

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Pero, ¿No había dicho antes que lo fácil me parecía aburrido?

 

Continuará…

Amigos del camino

Amigos del camino

Después de visitar las cataratas salía algo renovado y con algo más de motivación, aunque seguía sin encontrarme con las mismas ganas y pasión como estaba a costumbrado, pero se venían sucediendo momentos que me ayudaban y hacían el camino más fácil.

Ahora tenía  por delante cruzar una nueva frontera, no una cualquiera, una frontera tan especial como la de entrar por primera vez en un país como es Argentina.

Del otro lado había quedado con Albert, con el que llevaba tiempo hablando a través de internet y por fin nos podríamos conocer personalmente.

Llegué a Argentina ilusionado y cuando en inmigración me encontré con cuatro mujeres cada cual más guapa,amables y sonrientes,su forma de hablar me hizo una caricia con ese acento tan familiar y que tanto me gusta.

Estaba ya en Argentina, el país de Messi y Maradona, de la Patagonia, de grandes amigos que había hecho por el camino.

Ahora ya podía pronunciar mi nombre tal y como es , sin tener que hacer una versión adaptada fonéticamente al lenguaje que se habla en el país.

En los países de habla árabe me llamaban Kabir, los de habla francés Xavi,los de habla inglés algo que todavía no he conseguido descifrar y ahora por fin…Javier….

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Cuando me encontré con Albert fue como ver a un amigo de toda la vida al que no ves desde hace años  y te pasas horas y horas poniéndote al día. No acabábamos de hablar de una cosa que ya habíamos empezado con otra.

Seguimos juntos rumbo al sur pero con ritmos tan diferentes estábamos condenados a separarnos bastante pronto. De todas formas yo me dirigía hacia Uruguay pasando de nuevo por Brasil y el a Córdoba, en el norte de Argentina.

El primer día cruzamos la selva del parque de Iguazú…

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…y aunque el día amaneció nublado pero sin lluvia,casi sin avisar se puso a llover  como no recordaba. La pista de tierra era arcillosa y muy resbaladiza, y el barro se metía entre la rueda y el guardabarros y frenaba la bicicleta.

Mi bicicleta lo llevaba algo mejor pero Albert sufrió mucho más y cuando le vi aparecer una hora más tarde lleno de barro parecía que se había peleado con una pantera dentro de un charco. Le recibí con la comida hecha refugiado de la lluvia bajo el techo de una caseta de unos guardas forestales.

Se nos hizo de noche cuando llegamos al primer pueblo en todo el día y fuimos a una escuela directamente para buscar un lugar donde pasar la noche, pero como es tradición y costumbre en Argentina, había huelga de profesores y la escuela estaba cerrada.

En frente había un pequeño cobertizo y nos dispusimos a montar la tienda a oscuras iluminados con la poca baterías que nos quedaban en las linternas , cuando apareció de entre la nada un niño que a penas tenía 10 años pero se comportaba y hablaba como un adulto. Nos guió y nos abrió una puerta.

El lugar perfecto donde acampar en un día lluvioso.

Protegidos de la lluvia y el viento además tenía luz y fuera una pequeña manguera nos hizo de ducha.

Al día siguiente no paró de llover y adoptamos como nuestro hogar ese regalo caído del cielo, perfecto para seguir poniéndonos al día y compartir historias con otro cicloviajero….

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Un largo camino hermoso y admirable

Un largo camino hermoso y admirable

Tenía ante mí las cataratas de Iguazú y de forma inesperada empezaron a surgir todos esos lugares mágicos que el largo camino había puesto ante mí.

Han sido tantos los lugares por los que he pasado que tengo la sensación de haberlos visitados todos y cada uno de ellos en otra vida.

Desde las islas volcánicas de Indonesia…

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…las selvas de Sumatra…

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…las playas de Sudeste asiático…DSC_4689

…los templos de Angkor Wat…

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…la bahía de Halong…

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…la meseta tibetana…

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…la colorida India…

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…la caótica ciudad de Dhaka…

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…el Himalaya…

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…y los puertos más altos del mundo que lo atraviesan…

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…el Karakorum en Pakistán…

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…los Pamires en Asia Central

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…la Ruta de la Seda…

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…el Cáucaso…

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….cuando el amor se cruzó en mi camino…

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…la Capadocia…

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…los Balcanes…

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…el Mediterráneo…

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…las rías altas de Galicia…

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…el Atlas marroquí…

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…el desierto del Sáhara…

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…la selva del Congo…

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las peores carreteras del mundo…

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…los caminos más remotos del mundo…

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….mi sitio favorito en el mundo, (el lago Malawi)…

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…la sabana africana…

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…el desierto de Kalahari…

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….cuando un elefante mientras cocinaba por la noche vino a robarme mi agua…

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…islas desérticas y paradisíacas del océano Indico…

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…el desierto del Namib…

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…el momento en el que después de cinco semanas cruzando en océano Atlántico divisé un nuevo continente…

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…y tantos lugares y momentos más!

Iguazú

Iguazú

Tantas veces había escuchado la palabra Iguazú que con solo escucharla me trasladaba a un lugar extraordinario.

En la asociación ciclista de la ciudad brasileña  Foz de Iguaçu me consiguieron un pase gratuito para visitar las cataratas, y de no haber sido así no sé si las hubiera visitado. A lo largo de muchos años viajando unas de las muchas cosas que he aprendido es que los mejores lugares no tienen precio, aunque es cierto que siempre hay excepciones.

Algunos se refieren a ellas como una de las “7 maravillas de la naturaleza”, algo que encuentro ridículo e imposible. Cómo entre tantos y tan diversos  lugares que hay en nuestro planeta alguien sea capaz de comparar y elegir los 7 mejores. No solo lo encuentro irrisorio, sino absurdo.

Salí de madrugada para intentar llegar el primero y también evitar las horas más calurosas, pero no sabía que la hora había cambiado respecto a Paraguay y cuando llegué me encontré con hordas de turistas que esperaban al autobús que les llevaría a los miradores. Mi bicicleta y yo, ella cargada con todas las alforjas, para así después  poder pedalear y cruzar directamente a Argentina y no tener que esperar, y, gracias a eso pude llegar de los primeros.

La carretera dentro del parque transitaba paralela al río y aunque su espesa vegetación no me permitía ver nada, el ruido atronador del agua y los muchos helicópteros que volaban  la zona  me hacía presentir que detrás de tanto árbol había algo fantástico y admirable.

Al encontrarme frente a ellas vi que su soberbia  belleza no se la daba  el gran volumen de agua que se abría camino como un océano entre acantilados, mirase a donde mirase había saltos de agua abriéndose camino y desparramándose con furor entre la tierra y las rocas con un ruido atronador, sentí un estremecimiento y me vi contemplando un dibujo hiperrealista, por su acabado sumamente minucioso y perfecto, que consiguió dejarme extasiado.

Ninguna de las fotos o postales que había visto del lugar hacían justicia al prodigio que se manifestaba  ante mí.

La naturaleza se había esforzado, una vez más, en regalarme otro espectáculo maravilloso.

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…y una vez más había llegado a lomos de mi bicicleta…

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Estuve o no estuve (en Paraguay)

Estuve o no estuve (en Paraguay)

Atracamos en el puerto de Concepción antes del amanecer pero yo seguí durmiendo hasta que el calor del sol me sacó de mis sueños. Ya no había nadie en el barco y en la proa, antes llena de mercancías, ahora estaba solo mi bicicleta.

Armé las alforjas y empujando la bici sobre unos estrechos tablones desembarqué y acabé en un descampado de tierra que hacía de muelle.

Las calles de la ciudad son un entramado de calles paralelas y perpendiculares; no veo a nadie caminando, son las calles vacías y solitarias de cualquier domingo caluroso en un país cristiano.

No llevaba recorrido ni un kilómetro cuando me encontré un hotel, que también era karaoke, y paré a preguntar el precio de la habitación, al cambio eran 5 €, ¡y tenía aire acondicionado!.

Me permití ese lujo y además aproveché para lavar toda mi ropa, poner a punto la bicicleta, cocinar a gusto en la habitación y disfrutar haciendo absolutamente nada.

El último mes en Brasil había resultado  caluroso y húmedo, particularmente desde que entré en la región de Pantanal, y disfrutar de un lujo como es una máquina que respira aire caliente y expulsa aire frío era algo con lo que soñaba desde hacía tiempo.

El clima húmedo tropical acompañado de  temperaturas sofocantes me habían destrozado, y sumado a la impaciencia porque llegase el ansiado invierno  los días estaban acabando conmigo. Solo tenía en mi cabeza avanzar para dejar el calor y los trópicos atrás. Estaba ya cansado de encontrarme con paisajes muy similares y el desánimo empezaba a apoderarse de mí.

Llegué a Sudáfrica con ese mismo cansancio pero en ese mismo país, ya fuera de los trópicos, me encontré con paisajes completamente diferentes y me hizo olvidar por un tiempo lo mucho que necesitaba esos cambios.

Pero el barco desde África me había devuelto al corazón del trópico, a Salvador de Bahía, y eso era justo lo que no quería.

Sabía que me quedaba poco para por fin alejarme del clima tropical. Concepción estaba a tan solo 30 Km. del trópico de Capricornio, y mi aliciente no era solo cruzarlo, sino llegar lo antes posible a los Andes, a la Patagonia, o a cualquier sitio que pudiera enamorar de nuevo mi retina.

La falta de estímulos no era porque el paisaje no fuera admirable, que desde luego sí lo era, pero después de tantos años viajando me surgen algunos inconvenientes porque tengo la impresión de que no encuentro algo que provoque mi atención.

Paraguay fue uno de los países donde más lo sufrí, no solo porque es un país “en el que no hay nada que ver“, sino porque ya podía ver en el mapa el cono sur del continente con el que tanto tiempo había soñado.

Crucé los 600 Km. que me separaban de Ciudad del Este, que hace frontera con Brasil, en apenas 5 días.

Estaba abrumado y hastiado, avanzaba con la mente puesta en llegar y pasaba todo ante mis ojos sin verlo, estaba condenado a no disfrutar y el tedio hacía mella en mi ánimo.

Pero, todo es parte del viaje. No se puede estar todos los días igual de entusiasmado y estos dilemas te dejan en el mundo real, y parece que todo se desmorona.

Hice una parada en lo que decían era uno de los lugares más bonitos de Paraguay: la laguna Blanca. Para mí una pequeña laguna como cualquier otra, en un día además con mucho calor y humedad, y donde en otro momento hubiera parado varios días pero que no tardé ni un solo día en volver a montar todo sobre la bicicleta y seguir rumbo a Brasil.

Con esta mentalidad estaba condenado a no disfrutar del país, pero no podía ni quería exigirme más. Era lo que era y me sentía como me sentía.

Desde hacia tiempo venia hablando con Albert Sans, un amigo ciclo viajero que también andaba por Paraguay. Pensaba que nunca le alcanzaría ya que llegó más de año antes que yo a Brasil, también en un barco a vela pero  desde las islas Canarias, y ahora por fin le tenía muy cerca.

En las antípodas de mi ritmo  actual de viaje, él había tardado en hacer más de un año lo que yo había hecho en poco más de dos meses.

Me ilusionaba coincidir con otro viajero y compartir kilómetros con él, y aunque sabíamos que no duraríamos mucho por nuestros ritmos tan diferentes,hablamos para encontrarnos dentro de una semana en las cataratas de Iguazú.

Llegué a Ciudad del Este y salí tal y como entré, sin sellar mi pasaporte en una de las fronteras más transitadas que he estado nunca, y la más rápida que he cruzado también.

Y yo me fui con la misma sensación que debería sentir mi pasaporte, sin quedar constancia de nuestro paso por Paraguay, me fui con esa sensación: la de no haber estado.

Una frontera más. Un nuevo país

Una frontera más. Un nuevo país

Brasil era mi primer país en América y a pesar de haber llegado con miedo a lo desconocido y con prejuicios equivocados me encontré con un país amable y hospitalario, de gente cálida y alegre, y desde el primer momento me lo demostraron, y aunque sí es verdad que es más peligroso y pude percibirlo (pero no sufrirlo) en una gran ciudad como Salvador de Bahía, no me encontré con nada diferente a lo que vengo acostumbrado. La gente, sin importar religión, color o dentro de que fronteras se encuentren, es buena.

Las distancias en este inmenso país son enormes y sobre el mapa me daba la sensación de no avanzar, que era lo que me pedía el cuerpo después de los meses de parón que tomé para estar cerca de mi hermana.

Me detuve muy poco en los sitios, solo lo necesario para avituallarme. Pero lo bueno de la bicicleta es que te permite viajar a la velocidad perfecta para observar y entrever la vida de lo que dejas atrás, a cámara lenta.

En algo menos de dos meses había recorrido más de 4000 Km. y poco a poco me iba acercando a la que sería mi primera frontera en este continente.

Paraguay estaba a la vuelta de la esquina y siempre que cambio de país emerge dentro de mí de una agradable sensación.

Recuerdo cuando viajaba con Naty como al cruzar cada frontera chocábamos las cinco como si acabáramos de cruzar una meta. Las fronteras siempre muestran cambios contundentes y yo que acostumbro a ver venir los cambios poco a poco, al sentirlos y vivirlos tan repentinamente, los percibo mucho más.

Quería salir de Brasil por Porto Murtinho, y de ahí subirme en el Aquidabán navegando río abajo hasta Concepción, ya en Paraguay.

El problema era que en esa frontera no había puesto de inmigración del lado brasileño y no podría sellar mi pasaporte, por lo cual la única opción que tenía era entrar en Paraguay ilegalmente y que  que no me vieran los de inmigración, ya que mi  intención era volver a entrar en Brasil y si conseguía entrar sin que me sellaran el pasaporte sería como si nunca hubiera salido del país; el único riesgo era que me pararan en Paraguay y si no tenía los papeles en regla….  ya se me ocurriría algo para alegar.

Llegué a Porto Mourtinho, en el estado de Mato Grosso do Sul, ya entrada la noche y el barco pasaría de madrugada en su recorrido de vuelta al sur , por lo que tenía que cruzar como fuera al otro lado del río.

Era viernes por la noche y pregunté a unas personas que se estaban tomando unas copas en la orilla del río. Me dijeron que ya no había balsas para cruzar pero después de un rato charlando con ellos se ofrecieron a pasarme a la otra orilla en su barca.

Era media noche, a oscuras, sin policía ni inmigración a la vista, y yo iba a pisar, de nuevo, un nuevo país…

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Era mi primera frontera en América.

Monté la tienda en la orilla del río para despertarme con el ruido del barco, el Aquidabán, a su llegada.

Yo, ignorante, pensaba que en Paraguay se hablaba el español, y aunque es idioma oficial y casi todo el mundo lo sabe hablar, el idioma que utilizan normalmente es el guaraní.

Me interesé en aprender el nuevo idioma pero al preguntar como se decía buenas noches, (Pende pyhare porã) desistí.

El Aquidabán es el único medio de trasporte en la remota región del Alto Paraguay y la gente que habita estas tierras depende de este barco para el comercio y su transporte, para vender sus productos en las ciudades al sur o para abastecerse en ellas, siendo el río Paraguay la arteria que da vida a esta región.
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Subí empujando la bicicleta por un tablón estrecho de madera que hacía de rampa mientras yo intentaba mantener el equilibrio para no caerme. Coloqué la bicicleta en la proa junto a unas bidones que estaban llenos de peces vivos y con sus brincos salpicaban de agua la cubierta; busqué cobijo en el interior del barco  donde pudiese dejar mis alforjas y crear mi nido particular en esta travesía que iba a durar más de 30 horas.

Dentro del barco me encontré un “mini mercadillo” que habían establecido varias mujeres que trataban de vender su mercancía antes de llegar a puerto; esa escena me llevó por un momento a África…

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En la cubierta superior, en una esquinita, puse mis alforjas y con el suave cabecear del barco volví dormirme como un bebé al que mecen en su cuna y le cuesta salir de sus sueños.

Un par de horas más tarde me desperté con una canción de Enrique Iglesias que sonaba a todo volumen en la cocina, y cuando pensaba que la música no podía ir a peor reconocí rapidamente la voz del siguiente artista: Camilo Sexto.

Uno de los camarotes estaba ocupado por unos policías que trasladaban a un delincuente  a la cárcel de Concepción…

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No se movía ni una pizca de aire y el agua del río se nos mostraba como una balsa de aceite…

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…y la tranquilidad solo era alterada cada vez que parábamos en alguna aldea a la orilla del río para que se subieran, o bajaran, más pasajeros…

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Recordé los días que pasé en alta mar para llegar a Brasil desde África, cinco semanas de travesía,  donde las olas que me encontré superaron algunos días los 6 metros de altura. Mirase por donde mirase, buscase donde buscase, África, aunque parte del pasado, seguía estando muy presente.

Como aquella vez que crucé el río Congo y acabé pasando una semana en una pequeña caseta  porque el oficial de inmigración se había ido de viaje y con él se llevó  el sello que se utiliza para marcar la entrada/salida en los pasaportes y para poder entrar tuve que esperar a que volviera de sus vacaciones.

Recordaba con melancolía la magia del continente negro pero a la vez agradecía, solo por un instante, que ahora fuese todo mucho más fácil.

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Ciclista busca aparcamiento

Ciclista busca aparcamiento

Entraba poco a poco en el interior de este país que  tiene una superficie tan inmensa que en ella cabrían 17 Españas…

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…y cuando pretendía ubicar mi posición sobre el mapa de papel después de una larga jornada sobre la bicicleta me daba la impresión de que no avanzaba.

Me dirigía al estado de Mato Grosso, y durante la travesía pude disfrutar de pueblos que,  por lo de ahora, muestran su pasado colonial y mientras recorría caminando sus calles pude adivinar su historia  en cada calle, en cada casa, en cada edificio, en cada iglesia…

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A pesar de encontrarme en la misma latitud que en el estado de Bahía, y donde estaban en temporada seca, aquí estaban en mitad de la época de  lluvias, y gracias a ellas y a las tormentas el calor  me daba un respiro…

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Comprobé que los brasileños estaban siendo  increíblemente amables y hospitalarios y me encantaba disfrutar de esta agradable rutina.

Gente con poco me ofrecía todo…

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…pero una noche buscando un lugar donde acampar abandoné la carretera para adentrarme por un camino de tierra entre cultivos de soja y al final acabé metido en una granja.

Una de las personas encargadas de vigilarla, Éder, me advirtió que dentro del recinto no podría acampar, y  le pregunté que si podría acampar fuera, en el camino, escondido detrás de una maquina cosechadora y montar allí la tienda, que aunque estaba bastante cerca del asfalto quedaría lo suficientemente protegido como para que no me vieran los muchos coches que no dejaban de pasar por la carretera.

Éder no puso ningún inconveniente y además me ofreció utilizar el cuarto de baño de su casa de guardés dentro de la finca y donde, si quería, yo podría ducharme. Cuando terminé me reuní con él y su familia y pude ver los  últimos 10 minutos  del partido Barcelona-PSG en el que Neymar fue el artífice de la victoria del equipo culé en un partido de Champions.

Casi anocheciendo con Venus apareciendo el el cielo,cogí la cámara y fui a hacer una foto a una nube gigantesca que esa misma tarde había dejado una gran  tormenta y que no acababa de irse.

Era el momento del ocaso y en el cielo se reflejaban destellos de luz de colores vivos e intensos que provocaban los últimos rayos del sol que se colaban por el horizonte henchido de colorido.

Nunca dejará de sorprenderme  la rapidez, en estas latitudes, con la que se pone el sol y aparece la oscuridad; a la vez que he comprobado que no hay dos atardeceres iguales.

Un poco más tarde ,vestido con  solo con unos calzoncillos limpios que todavía olían a detergente, removía los macarrones que estaba cociendo socorrido con la luz de mi linterna, cuando vi como se acercaba un coche de la policía militar con las luces de emergencia encendidas y que se adentraba por el camino de tierra en el que yo estaba acampado, cerca de la entrada de la granja.

Pararon el coche a escasos metros delante de mí y encendieron los focos así alumbrándome para observarme bien. Vieron a un hombre semidesnudo  armado con una cuchara de madera en la mano,y  me advirtieron que no podía acampar en ese lugar.

Me pareció todo muy extraño ya que Éder me dijo donde podía montar la tienda y dejó que me duchase en su casa y que hacía no mucho,antes de cerrar la verja, se había acercado a darme  una botella de agua fría.

Sin alterarme ,deslumbrado por el foco del coche militar que me apuntaba,  yo en mis calzoncillos , escurrí el agua de los macarrones para que no se pasaran, y empecé a desmontar la tienda a la vez que les explicaba que de habérmelo dicho antes hubiera tenido tiempo de buscar otro lugar donde acampar. De todas formas entendía perfectamente que hubieran cambiado de opinión y de que pasaran a desconfiar de un extraño que estaba acampado en la puerta de su finca, ya que al fin y al cabo, no es una situación que se les suela dar a diario.

Era de noche y no me gustaba estar en Brasil con la bicicleta buscando un sitio para dormir, y  le comenté a la policía mis preocupaciones respecto a mi seguridad; entendieron mi inquietud y opinaban lo mismo que yo,a lo que se ofrecieron a llevarme de vuelta a la ciudad donde estaba el cuartel.

Con la bicicleta subida en la parte trasera del coche, me llevaron de vuelta 15 kilómetros por la misma carretera que esa misma tarde había recorrido y que me había dado muy malas sensaciones al pasar por una pequeña ciudad llena de camiones y de gente de paso.

Me informan que me dejarán en un lugar no muy lejos de la comisaría  donde podré  pasar la noche tranquilamente…

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…solo que debo  irme antes de las 7 , ya que a esa hora comienzan a llegar los obreros.

Charlando en el coche con los policías me comentaron que hacía pocos días unos ladrones habían asaltado una granja cercana y asesinado a dos de los trabajadores, y que “alguien de la granja” me había visto hacer unas fotos y eso había levantado sus sospechas.

Desde luego que “el delator” no se podría imaginar la foto que estaba haciendo…

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Fue bonito mientras duró

Fue bonito mientras duró

Rodando por caminos de tierra volví a encontrarme con gente sin prisas…

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… que me recibían mostrándome sus sonrisas y abriéndome las puertas de sus casas …

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… a la vez que disfrutaba de unos preciosos paisajes me hacían sentir la persona más afortunada del mundo…

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Me metía por los lechos de los ríos…

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…empujaba la bici sobre la arena por caminos que no me daban tregua…

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…sin un solo trecho suave durante cientos y cientos de kilómetros, y mis piernas deseando encontrar una rellano asequible.

La naturaleza era fértil, generosa, exuberante…

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…y llena de vida…

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Tuve la sensación de habitar el lugar perfecto y eso me ayudó  a volver a sentirme dichoso y repleto de paz y confianza.

Volvía a dar más importancia al camino…

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…que al propio destino…

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…y los días pasaban sobre ruedas.

Todo resultaba fácil y ningún atardecer me costó localizar un lugar donde pasar la noche…

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A medida que avanzaba hacia el este el aspecto del paisaje comenzó a transformarse repentinamente y me provocaba angustia.Solo veía plantaciones de soja…

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…más soja…

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…y con un poco de suerte, maíz.

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Había desaparecido por completo toda la diversidad fecunda y exuberante que me acompañó  las semanas anteriores, y ni en los desiertos recuerdo haber visto paisajes tan ”muertos” como estos “eriales” que estaba viendo ahora.

Pasaron  días y semanas y lo único que logré ver a mi alrededor fueron monocultivos.

No me pude abastecer de agua en las acequias o cauces porque no era apta para el consumo humano por todos los abonos y pesticidas químicos que se han vertido (y siguen vertiendo) sobre las tierras de cultivo y que han acabado filtrándose y contaminando los acuíferos y han hecho que su consumo sea nocivo, y en ocasiones tóxico, y han convertido todas las capas de agua en veneno puro.

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Me causó mucha tristeza ver como la codicia del ser humano, una vez más, ha  maltratado la naturaleza y comprobar por mí mismo que es capaz de envenenar a su propia tierra para cultivar algo que ni ellos mismos van a consumir.

La mayoría de  se convertirá en pienso para ganado que se exportará a otros países o para alimentar coches con bio-diesel.

Por esto, solo por esto, todo merece la pena

Por esto, solo por esto, todo merece la pena

Me propuse volver a restaurar y lentamente mejorar el ritmo perdido, y que mejor destino, como primer objetivo, llegar al Parque Nacional da Chapada Diamantina, a unos 500 Km de distancia…

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En el camino tuve una aparatosa caída y aunque iba bastante rápido los daños fueron bastante menos dolorosos y aparatosos que los sufridos en mi última caída en Namibia, que me habían dejado de recuerdo once puntos en el brazo.

Ahora, y exactamente en el mismo lugar, sobre la marca de la última herida, el brazo sangraba sin parar, pero por suerte esta vez no necesitaría puntos y al revés que en Namibia, donde ni siquiera tenía venda, betadine o tiritas y tuve que echar lejía sobre la herida para desinfectarla; en esta ocasión el botiquín sí estaba repleto y recién provisto  por lo que pude limpiar la herida y mantenerla aseada hasta que cicatrizó completamente a los pocos días.

Es una de las cosas buenas que le ocurren a uno por tener una madre enfermera.

Por suerte esa parte del brazo no incomoda  demasiado para montar en bicicleta y pude seguir sin mayores complicaciones.

Había tardado solo 5 días en llegar desde Salvador  pero ya tenía ganas de dejar la bicicleta aparcada por unos días.

En mi mochila metí la tienda de campaña, hornillo, saco de dormir y algo de comida para sobrevivir varios días y me dirigí al “Valle de Pati” en el  corazón del Parque Nacional de la Chapada Diamantina con la intención de buscar una mayor conexión con la naturaleza y poner en orden mis pensamientos después de los desbarajustes que había sufrido mi vida en los últimos meses.

Mi amigo el ciclo viajero Albert Sans me había recomendado este lugar y me había dado todas las indicaciones posibles para que pudiese perderme por mi cuenta por valles espléndidos, bosques exuberantes, ríos caudalosos, acantilados enormes que se erigen sobre gargantas angostas y cuevas profundas.

De momento Brasil no me estaba emocionando pero tenía la sensación que ésta parada iba a marcar un antes y un después en mi viaje.

Y así fue como empecé a sorprenderme con los tesoros que almacena esta hermosa región.

A veces cuando más lo necesitas la vida te brinda las mejores oportunidades para darte ese empujoncito que a veces tanto nos hace falta. No suele llegar solo sino que hay que salir a buscarlo.

Necesitaba sentir ese  momento en el  que observas  y te empapas de todo lo que te rodea; y se te pone la piel de gallina y al mismo tiempo te saca una enorme sonrisa y te hace sentir la persona más afortunada del mundo.

Las caminatas por los valles…

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…los acantilados y los desfiladeros…

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… eran un punto de inflexión en esta etapa del viaje.

Volvía a sentirme como siempre.

Y de esos cuatro días  hubo un momento que nunca olvidaré.  Quedaban unas pocas horas de sol y me disponía a subir al Morro de Castelo. Llegué al atardecer a una gruta en la parte alta de la montaña desde donde pude observar un increíble paisaje a mi espalda…

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… alcancé la cumbre más alta durante la noche con la ayuda de mi linterna y la luz de la luna,  y durante el camino hice el mayor ruido posible para advertir de mi presencia a las serpientes despistadas, porque eran muchas las que había visto incluyendo una cascabel.

Y cuando llegué a la cima viví un momento extraordinario; porque fui consciente de que me había convertido en un espectador privilegiado de la sorprendente belleza que se desplegaba ante mís ojos para que la disfrutase y me asombrase. Con todo su esplendor y lleno de matices el paisaje logró estremecerme hasta erizarme la piel y es entonces cuando recordé los momentos difíciles que pasé para llegar hasta aquí, y me dije:

“Por esto, solo por esto, todo merece la pena”

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